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Siempre Mons. Romero: el legado a preservar

Por: Flor María Ramírez Mejía

Por Flor María Ramírez Mejía· Octubre, 2018

Monseñor Óscar Arnulfo Romero ha sido canonizado este 14 de octubre en la plaza de San Pedro. Esta misma mañana recibí un mensaje de Marianita Rubí (La Co) compañera de camino de la pastoral juvenil en México que decía: “se hizo justicia y Romero ya es nuestro Santo Patrono”. Esta canonización ha sido motivo de alegría para quienes somos parte de la Iglesia Latinoamericana más progresista. También para los que no comparten la fe católica, pero que han exigido por años la verdad, la justicia y el reconocimiento de la figura de Romero en el legado de la guerra salvadoreña.

Mons. Romero gozó anticipadamente de su título de santidad a través del arraigo de su figura en la fe popular de quienes vivimos la guerra tras su muerte el 24 de marzo de 1980. Recordar sus palabras eran un bálsamo de esperanza en medio de las balas que nos duraron 12 largos años. Ya presintiendo su muerte, decía Mons. Romero: “El martirio es una gracia que no creo merecer. Pero si Dios acepta el sacrifico de mi vida, que mi sangre sea semilla de libertad y la señal de que la esperanza será pronto una realidad”.

A Monseñor le tocó vivir el preludio de la violenta represión y las masivas violaciones a los derechos humanos que no tuvieron fin hasta la salida negociada a la guerra en 1992. En la época de Romero se leía “Haga Patria mate a un cura” como una forma de obstaculizar el trabajo pastoral de muchos religiosos en El Salvador. En marzo de 1977 el padre Rutilio Grande, sacerdote jesuita amigo de Romero y dos de sus colaboradores, fueron acribillados en una emboscada. Este hecho sin duda marcó la transformación y el pensamiento de Romero, quien previamente tenía una postura más conservadora. El Obispo Romero pronunciaba cada domingo ante miles de fieles que acudían a catedral y los transmitía a través de YSAX a todo el país. También organizó una oficina de Socorro Jurídico del Arzobispado, donde se recibían las peticiones de las familias víctimas de la violencia. Las oficinas del arzobispado servían como refugio para todos los campesinos perseguidos. Mons. Romero llegó al punto de enviar una carta a Jimmy Carter en la que le pedía al presidente de EE. UU. desistir del suministro de armas y el envío de consejeros militares al país. Así fue como Mons. Romero no sería santo de devoción para los sectores militares y conservadores, ni del gobierno ni de la misma Iglesia católica.

Hay muchas anécdotas que con los años hemos aprendido sobre la vida de Monseñor Romero. Me refiero a una de las más inspiradoras. Coralia Godoy, una de sus ex colaboradoras en la oficina del Obispo, relata como un día propuso un nuevo sistema para organizar la agenda de Romero, pero él la rechazó diciendo: “ Creo que esa programación no se va a poder. No, porque yo tengo mis prioridades. Y con programación o sin ella, ,siempre voy a recibir primero a cualquier campesino que llegue aquí, en el del día o a la hora que sea, esté o no esté en reunión… Mis hermanos obispos todos tienen carro, los párrocos pueden tomar el bus y no tienen mayor problema en esperar. ¿Pero los campesinos? Vienen caminando leguas, con tantos peligros y a veces no han comido”. Así se hacía palpable su disposición y cercanía de estar con las víctimas y con los que sufren, este es un deber para quienes somos parte de la Iglesia Católica. Pero quizá debería serlo para ciudadanas y ciudadanos de todos los credos e ideologías, principalmente de quienes manejan agendas ocupadas en su deber de servidores públicos. Dudaría mucho que pudiésemos hoy en 2018, decirnos ciudadanos responsables y al mismo tiempo ser indiferentes ante el sufrimiento de quienes hoy buscan la verdad y la justicia de sus familiares desaparecidos, o podamos ser poco empáticos con quienes sufrieron una pérdida por la violencia en tantos lados de este continente.

Sin mucha ciencia ni derecho canónico, pero con un sentido de justicia y fe popular, Romero se convirtió de inmediato en profeta, santo y mártir. De ser un santo de la Iglesia Salvadoreña, pasó luego a ser un santo universal. “Les tengo una mala noticia”, dijo en los 90’s un religioso francés que llegó a El Salvador, “Monseñor Romero ya no es de ustedes. Es de todos”. No debe extrañarnos que Romero fue reconocido- en 1998 -como uno de los 10 mártires del Siglo XX en la Abadía de Westminster, Inglaterra, a la altura de Martin Luther King. Esta ceremonia fue realmente emotiva; los mártires del Siglo XX provenían de todos los continentes y de diferentes denominaciones religiosas, un hecho ecuménico de gran trascendencia para la memoria histórica de muchos pueblos. Mons. Romero ha sido indudablemente una pieza clave de la memoria para los salvadoreños que se encuentran fuera de su país. En 2007, fui voluntaria de CARECEN (Centro de Recursos Centroamericanos) en Los Ángeles, California. Me resultó impresionante como sus fundadores inspiraron la acción de la organización en las enseñanzas y compromiso ético de Mons. Romero. Conocí y compartí experiencias, en el año 2013, con integrantes de la Comunidad Salvadoreña Mons. Romero en Milán, Italia, quienes asiduamente se reúnen para apoyar distintas causas sociales de la comunidad migrante y para preservar la historia y legado de Romero, fue admirable constatar como el Obispo salvadoreño era un símbolo de cohesión e identidad de la diáspora de su país. En 2014, me sorprendió tener una reunión en el Salón Monseñor Romero de Heartland Alliance, organización pionera de los derechos humanos en Chicago y que ha atendido históricamente a muchos centroamericanos que requieren asistencia respecto al proceso migratorio. Romero es parte del patrimonio intangible de la cultura salvadoreña. Antes que a Roma, Monseñor Romero llegó a Los Ángeles, Milán, Chicago, Inglaterra y se hizo de un rincón en la memoria colectiva de ciudadanas y ciudadanos comprometidos. Ha sido un personaje cercano y fuente de inspiración en la lucha contemporánea por los derechos humanos.

Como ya lo decía, el sacerdote jesuita John Sobrino desde los años 90’s cuando el proceso oficial de canonización se veía todavía muy lejano. “ La canonización oficial de Monseñor Romero traerá el consuelo y devolverá la dignidad a muchísima gente, viniendo de una institución tan importante como el Vaticano se torna un reconocimiento implícito que las personas a las que Mons. Romero defendía, tuvieron la razón”. A 38 años de su muerte, este reconocimiento a su santidad traerá consuelo a los seres queridos de quienes perdieron a sus hijos, padres y hermanos durante la guerra. A quienes simplemente un día desaparecieron y todavía no se sabe de ellos, a quienes migraron por temor y por angustia. Traerá esperanza a todos los salvadoreños a quienes la guerra nos dejó el deber ético de luchar por la paz, la justicia y la verdad en donde sea que nos encontremos.

Para más sobre Mons. Romero ver: