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El pasado oportuno

Fuente: El País

CLARA RAMÍREZ-BARAT

Noviembre 08, 2018

En los últimos años, los debates sobre la memoria han cobrado gran significancia en la esfera pública. La memoria del horror, en tanto que una propuesta de relectura moral de nuestro pasado reciente, pasó a ser un leitmotiv en la reflexión política de la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI; hasta tal punto que, como considerara el sociólogo e historiador norteamericano John Torpey (en Politics and the Past: On Repairing Historical Injustices, 2003), el auge de la preocupación con la memoria se ha convertido en un fenómeno que ha suplantado, en la política contemporánea, a los modos visionarios de imaginarnos el futuro.

Si en parte esta condición puede relacionarse con el hecho de que la propia idea de progreso acabó convirtiéndose en una constatación del fracaso de la apuesta civilizatoria de la época moderna, no es por ello menos plausible argumentar que, precisamente ante ese desencanto, el trabajo de la memoria puede ayudarnos a poner en primer plano la figura de la víctima y hacer de la empatía, o la capacidad de ponerse en el lugar del otro, el centro de una reflexión moral sobre lo que todavía queda en nosotros de ese pasado y, sobre todo, sobre cómo debemos posicionarnos ante él. Así, como argumenta la socióloga argentina Elizabeth Jelín, “hablar de memoria significa hablar del presente. La memoria no es hablar del pasado, sino la manera en que los sujetos construyen un sentido del pasado en su enlace (…) con el presente y un futuro deseado”.

Algunas voces y autores

Banalidad del mal (Fina Birulés).

Colaboracionismo (Romain Bertrand).

Crisis de la presencia (José Emilio Burucúa).

Derribo de la estatua de Lenin (Carmen Claudín).

Duelo (Teresa Morandi).

Fosas comunes (Francisco Ferrándiz).

Gulag (Bruno Groppo).

Perdón (Reyes Mate).

Proceso de Núremberg (Marc Carrillo).

Turismo memorial (Saida Palou).

Trauma (Mª. Isabel Castillo).

Víctima (Isabel Piper Shafir).

En este contexto, la proliferación de los estudios académicos sobre la memoria colectiva o pública, la multiplicación de las fechas de conmemoración en el calendario, la creciente inauguración de museos de memoria y lugares de conciencia en el mundo entero, han convertido, queramos o no, la cuestión de la memoria en una parte nada trivial de nuestra agenda ciudadana, de nuestras reivindicaciones políticas y de la producción cultural de nuestro tiempo. Y esta realidad, qué duda cabe, se convierte en una excelente oportunidad para llevar a un público amplio un trabajo introductorio de reflexión colectiva sobre el tema y proporcionar “instrumentos analíticos” pensados para ayudar a orientarse a aquellos que quieran profundizar un poco más sobre la cuestión.

Es así como el Diccionario de la memoria colectiva, dirigido por el catedrático de Historia de la Universidad de Barcelona Ricard Vinyes, se convierte en un proyecto tan oportuno y actual como ambicioso. Ambicioso, porque el desafío no es trivial. Efectivamente, como reflejo de esta efervescencia de la memoria, se trata de un trabajo que, coordinado entre América y Europa, comenzó en 2010 para ser concluido solo en 2017. El resultado final es un volumen de 600 páginas que cuenta con un total de 272 artículos, realizados por 187 autores, acompañados por ocho anexos con carácter geográfico que pretenden ayudar al lector a identificar algunas referencias transversales. El volumen recoge, además, una colección de 43 imágenes y un listado de 19 películas.

Concebido en la intersección entre trabajo académico y la gestión cultural —no en vano, Vinyes fue presidente de la Comisión Redactora del Proyecto del Memorial Democràtic en 2005 y miembro de la Comisión de Expertos para el Futuro del Valle de los Caídos en 2011—, el volumen apuesta por adoptar un enfoque transdisciplinar, que busca reflejar la complejidad o riqueza con la que se ha abordado durante las últimas décadas el trabajo de la memoria. El formato, tal vez, sea lo que más llama la atención; y es que, si un diccionario evoca la imagen de un libro que, siguiendo un orden alfabético, define o explica, una a una, las palabras y expresiones que conforman una determinada lengua o materia, como Vinyes nos advierte, no hay en la obra pretensión de exhaustividad, sino que la idea es “proponer una aproximación taxonómica para responder a la necesidad universal de ordenar para pensar mejor”.

Comenzando con la imagen de El abrazo, cuadro realizado por Juan Genovés en 1976 y actualmente ubicado en el Congreso de los Diputados, el volumen abarca una cantidad de conceptos nada desdeñable: si la memoria del nazismo y de la represión soviética ocupa una parte importante del conjunto de las entradas, también se desarrolla con cierta profundidad la memoria de las dictaduras del Cono Sur latinoamericano, o algunos de los conceptos clave de la justicia transicional (como las comisiones de la verdad, los juicios, la reparación o la reconciliación) y el marco del derecho penal internacional (la justicia universal, el genocidio, la corte penal internacional, los crímenes de lesa humanidad). Igualmente hay entradas temáticas que abarcan cuestiones como el arte, el cómic, la fotografía o el cuerpo; y otras que desarrollan algunos episodios históricos (el bombardeo de Dresde, el discurso de Allende en el palacio de la Moneda, la imagen de los atletas afroamericanos alzando el puño en los Juegos Olímpicos de 1968, la caída del muro de Berlín y el golpe de Estado del 23-F). Finalmente, y como no podía ser de otra manera, están también aquellas entradas que tienen que ver de forma directa con el estudio de la memoria y su gestión cultural abordando debates y polémicas actuales como la proliferación del tanatoturismo, o los fenómenos del revisionismo y el negacionismo.

Pero volviendo al formato, cabe preguntarse si un diccionario era la mejor fórmu­la para llevar a cabo esta labor de identificar, describir y analizar conceptos; y es que, aunque soy consciente de que es injusto plantear los vacíos de los que puede adolecer un trabajo que no pretende ser completo (a pesar de ser un diccionario), sí me preocupa cierta tendencia que acusa de cristalizar una visión parcial de lo que puede ser nuestro vocabulario de términos cuando hablamos de memoria colectiva.

Así, queda patente al adoptar una visión sobre el conjunto el poco espacio que ocupan las experiencias de Asia, África y Oceanía, más cuando consideramos que mucho del trabajo sobre memoria se ha construido, precisamente, desde allí. Reconociendo esta carencia, se incluyen en los apéndices dos artículos que elaboran un recorrido por la evolución de la memoria pública en Asia y África (si bien, están escritos por autores europeos). Pero es cierto que al ubicar la experiencia de los países asiáticos y africanos en el anexo, y no hacerles un lugar en el cuerpo del diccionario, el trabajo ha perdido una excelente oportunidad para hacer una afirmación sobre la necesidad de incorporar, de una vez por todas, en el “canon” de nuestro ideario colectivo sobre el horror el cementerio de los negros nuevos en el Cais do Valongo de Río de Janeiro, los campos de la muerte de Pol Pot, la ocupación indonesia de Timor del Este, la colonización y el expolio europeos, el genocidio tutsi, las generaciones robadas en Australia, la guerra de liberación de Bangladés, la memoria de “las mujeres de consuelo en China y el sureste asiático, el uso sistemático de niños soldados en las guerras de Sierra Leona y Liberia, los campos de concentración de Namibia, o los universos de pensamiento de Valentin Yves Mudimbe y de Frantz Fanon.

Y es que el problema de la memoria no es sólo lo que se recuerda y cómo se recuerda, sino, muchas veces, más bien, lo que se olvida.